La Reina que fue guerra

La reina Isabel II tuvo una Argentina en su biografía. El principito, al que un general pusilánime lo desafío públicamente, era Andrés, el hijo predilecto de la reina. El diario La Nación -¡cuándo no! - publicó una nota firmada por Rosendo Fraga donde destaca un papel secundario de la monarca en el conflicto bélico porque ya “hacía décadas que los monarcas británicos no tomaban injerencias en las decisiones del gobierno” Aunque semanalmente, la premier Margaret Tatcher le informaba del desarrollo de la contienda bélica. O sea, era imposible que no tuviera poder y decision.

Política 10/09/2022 Carlos Torino*
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Foto Press

Al matutino de los Mitre, lo desmiente una astilla del propio palo. El Cronista resalta el rol fundamental de la reina en la guerra. Señala que Isabel II apoyó el envío de todo el poderío naval y fue clave para dotar de presencia militar en la zona y la explotación de los recursos económicos con posterioridad al conflicto. Es más, Isabel II hizo en los últimos años un aporte esencial: declaró ciudad a Puerto Argentino. No fue una simple figurita decorativa. Claro está, que hay argentinos que se creen súbditos británicos. 

Por ejemplo, un ex ministro de Educación, ni más ni menos, escribió en un tweet de “ majestad, entereza y dignidad en el ejercicio de su función” Casualmente fue un ex funcionario del anterior gobierno, cuyas figuras principales compitieron para ver quién escribía el mejor mensaje desde el jueves de su fallecimiento.

En esta parte del mundo cuesta creer la realeza pero, huelga decir, que la comprensión de la cultura política y social de cualquier país es compleja. La reina Isabel para la Argentina de carne y hueso remite a Malvinas, irremediablemente. Su grandeza de estadista y su estatura política, no evitan una mirada críticamente humana ante la atrocidad de la guerra. La reina Isabel se comportó como lo que fue: una jefa de Estado que preserva los intereses de su nación. 

Para esta porción de tierra tiene estrofas para su epitafio, la que alguna vez escribió y cantó Raúl Porchetto, con el dolor de todo un pueblo:” Hoy la Reina, pasea en los jardines/ El sol besa sus rosas/ La vida le sonríe/El parlamento cuida/Que todo siga igual/Que nada perturbe su calma/Luego tendrá una premier de cine/ De un director famoso/Que cuenta los flagelos/ De La guerra y los hombres/Y se emocionará/ Y aplaudirá un buen final/Pero madre, ¿qué está pasando allá?...

La historia ¡HOLA! de la ex reina

“La Reina murió pacíficamente en Balmoral esta tarde. El rey y la reina consorte permanecerán en Balmoral esta noche y regresarán a Londres mañana” así anunciaba el fallecimiento de la monarca la cadena BBC. “En los últimos minutos, el palacio de Buckingham ha anunciado la muerte de su majestad, la reina Isabel II” decía consternado un locutor de la célebre cadena noticiosa. Tal cual fue emitido el mensaje a la audiencia y desde ahí al mundo. Se sabe, la realeza se va de este mundo tranquila y apacible. No hay causas de muerte que vaya contra la naturaleza de la monarquía.

No obstante los artilugios lingüísticos para barrer debajo de la alfombra todo conflicto que embarre a reyes y princesas, Isabel II deja a este mundo, y sobretodo el británico, en su residencia de veraneo escocesa, ese mismo pedazo british que el próximo año tendrá fecha para un referéndum sobre su independencia. Tan sólo una votación de la Corte Suprema puede detener este avance de los nacionalistas, un resultado que esperan ansiosos en Irlanda del Norte para ser definitivamente un país europeo con todas las letras y no una parte constitutiva del status quo colonial británico, que justamente es lo que les impide a los escoceses asegurar esos comicios porque su parlamento necesita, en caso de victoria por la autonomía, el permiso del gobierno británico para aprobar la legislación necesaria. 

El fin de la vida llegó para la reina cuando ya su cuerpo había sufrido suficientes temporales. Ciertamente, la muerte de su marido en 2021 la devastó, pero la Casa Real era ya un festín para los famosos y sensacionalistas tabloides ingleses y la chusma que vive de los paparazis. Esas páginas se regocijaron, por ejemplo, con Meghan Markle, una actriz divorciada, feminista y afroestadounidense que con todos esos “atributos” se enamoró, se unió y se juró amor eterno con Harry, el hijo de Lady Di y nieto de la reina -sobre el cual vuelven cada tanto las suspicacias de que no es hijo del ahora Rey Carlos III sino de un ex amante de la princesa: el militar retirado James Hewitt- y que cometió el pecado de decir en una entrevista -otorgada a la cadena norteamericana CBS- que la familia real expresó “dudas y preocupación sobre el color de piel que tendría su primer hijo”. Comenzaba el Megxit (juego de palabras con guiños al Brexit, que fue el proceso de salida del Reino Unido a la Unión Europea) luego refrendado con esa renuncia de la pareja a “trabajar para ser financieramente independientes”. Acaso un ataque de conciencia al gasto de 2.500.000 de libras esterlinas para refaccionar la casa en Frogmore Cottage. Una inversión -con la plata de los contribuyentes que financian a la monarquía- que devolvieron libra por libra. Por las dudas, este estilo de vida no comulga con la corona, así que los duques de Sussex tuvieron que renunciar a sus títulos nobiliarios. Por las dudas también, la Reina Madre había dejado trascender que esa decisión fue “una manera constructiva de apoyar a su nieto y su familia (ya agrandada con el bisnieto real, el pequeño Archie)” que define una curiosa clase de amor, incluido un evidente exilio forzado de los tortolos a EEUU. Este culebrón hizo recordar a la abdicación en 1936 del tío de la abuela de Harry: Eduardo VIII. Resulta que el alegre pariente rey tuvo que dejar el trono porque su enamoramiento con Wallis Simpson (que nada tiene que ver ni con Burt, ni Homero, ni Lisa) quien era una celebridad norteamericana divorciada y que estaba separándose de su segunda vez en el matrimonio, le trajo aparejado una seguidilla de conflictos legales y políticos, por lo que tuvo que abandonar la poltrona después de 325 días.

Isabel II tuvo que medir toda su gama de reina y madre, cuando su hijo favorito, Andrés fue envuelto en un escándalo con su amigo Jeffrey Epstein, acusado de explotar 

sexualmente a menores. Una de ellas, después lo acusó de haber sido obligada a mantener relaciones íntimas con el mismísimo cortesano. Otra vez la mano firme con los ornamentos de honorabilidad que dice tener el palacio inglés. Andrés se quedó sin el título de Alteza Real y los honores militares. Obviamente, todo se arregló con un multimillonario acuerdo financiero.

Con setenta años en el trono, Isabel II fue madre, tía y abuela de todos los reyes del planeta. Su asunción como monarca data de un 6 de febrero de 1952. Al fallecer su padre, el rey Jorge VI, tuvo que esperar un año para su coronación y convertirse en la cuadragésima soberana de Inglaterra. Cabe destacar, que el primer rey fue Guillermo el Conquistador I en 1066.

Pero antes esta mujer fue una humana educada para ser majestad. Nació como Elizabeth Alexandra Mary, Isabel Alejandra María, la primogénita del matrimonio de Alberto e Isabel y tuvo que esperar hasta 1930 para que naciera su compañera incondicional: su hermana Margarita. Ni pensabas ser lo que fue. Solo soñaba con una vida de mujer de campo con muchos caballos y perros. Pero el amor intenso se cruzó en su camino por primera vez. Un anticipo del karma que vivió cuando ya tuvo hijos. Su tío tuvo que abdicar porque se enamoró de una mujer prohibida para ser miembro de la familia real. Entonces, su padre tuvo que ponerse del centro y manejar los destinos monárquicos de la gran nación imperial.

Isabel siempre mostró su sentido de la responsabilidad y ya en Palacio hasta el propio Winston Churchill dijo que la pequeña “poseía un aire de autoridad asombroso en una niña” La futura monarca se puso bajo el mando de una institutriz y terminó siendo una experta a en idiomas y tuvo la inquietud de estudiar historia constitucional. En Buckingham le armaron una división de scouts para que supiera lo que era relacionarse con gente plebeya. Esa experiencia acaso la empoderó porque al final de la Segunda Guerra Mundial salió a la calle a celebrar como todos los londinenses.  

En 1939 cuando tenía 13 años conoció al amor personificado en el Príncipe Felipe de Grecia. “El único que la trató como ser humano de igual a igual “según dijo su ex secretario privado, Lord Charteris. Fue amor a todo vapor y se casaron ocho años después, un 20 de noviembre de 1947. No sin superar escollos cortesanos porque el candidato tenía un linaje extranjero.

Su reinado aceleró el fin del Imperio Británico y en su primera gira hasta la India estaba independizada. Las antiguas colonias se agruparon en el llamado Conmowelth, mancomunidad. La BBC destaca que fue una reina que supo consultar, aconsejar y advertir y que sabía que era la jefa de Estado y no del gobierno. Impuso cambio en el lenguaje para dirigirse a esos nobles a cargo del Estado. Ya no fueron monarquía sino Casa Real y con inteligencia dejó que la tv publica mostrará a su familia en actividades normales. Eso la popularizó.

*Lic. en Comunicación Social.

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