Ramona: espíritu del monte. Crónica de una visita a tierras en resistencia

Con Vivi Alegre visitamos a Ramona Orellano, símbolo de la resistencia campesino originaria de la provincia de Córdoba. Conocimos su campo, su vida y su historia. Te invitamos a leer esta crónica que relata nuestra visita a tierras ancestrales en resistencia ante el modelo agrotóxico colonial que envenena nuestra existencia y devenir. Un regufio agroecológico y nativo en plena mar de soja y maíz empresarial.

Política 05/04/2021 Rodrigo Savoretti Andrada
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Fotos: Rodrigo Savoretti Andrada

La docta amanece calma, mi viaje en bici a la casa de Vivi Alegre es un respiro corto pero que goza de habitar ese horario todavía precoz del día en el que hay pocos autos tirando humo y las personas recién empiezan a amontonarse en las veredas de cemento. 

Vivi me espera con mates y noticias militantes del pequeño pero ruidoso grupo que formamos les familiares y amigues de Facundo Rivera Alegre, el Rubio del pasaje, desaparecido en el año 2012. Al cuarto mate ya nos pasan a buscar les compañeres con quienes viajaremos al norte cordobés, más precisamente al paraje “Las Maravillas”, donde vive Ramona Marcelina Orellano de Bustamante, una abuelita campesina ícono de la resistencia al modelo agrotóxico, ecocida y genocida que todo lo arrasa, desaloja y vende.

El viaje se hace ameno entre charlas de la política local y las expectativas de nuestro destino. El mundo entero se reduce al interior del automóvil en el que viajamos. El mundo exterior también habla, y mucho. Soja por aquí, maíz por allá, agrotóxicos por todos lados. 

La imagen en plena ruta es una sola: el campo deshumanizado se repite por mil, ya no hay casas, ni montes, ni campesines, hay un solo verde que se expande hasta el infinito, parece una mar. Concentrada, saqueada, envenenada, hacen producir a la tierra cordobesa como el deseo empresarial lo pide. Hace dos años quedaba un 3% de bosque nativo en la provincia. Ahora queda solo 1% debido a los incendios intencionales del año pasado. El principal responsable, Juan Schiaretti, sigue en su cargo firme como milico en desfile patrio.  

Luego de casi tres horas de viaje, llegamos a Sebastián Elcano, departamento de Río Seco. Allí nos encontramos con Fernando, ferretero y escritor local, y también con Daniel, trabajador y militante de la FOB, quién nos va a guiar hasta el paraje donde vive Ramona, a quien ansiamos conocer con todo nuestro corazón.

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Elcano tiene menos de cinco mil habitantes y está pasando por su peor época en lo que va de la pandemia. El coronavirus ha llegado con mayor fuerza que antes y tiene a varios habitantes aislades. Les pueblerines andan con barbijo y hacen un enorme esfuerzo para no saludarse con un fuerte abrazo. 

En el pueblo todes se conocen y saben que el covid no es el único peligro acechando. Al igual que casi todos los pueblos cordobeses, la localidad está rodeada por campos de maíz y soja. “Las fumigaciones nos afectan mucho, hasta hace poco los mosquitos pasaban por plena calle, después de luchar mucho conseguimos que pasen a 200 metros del pueblo pero se sienten igual y a veces ni cumplen la ordenanza” nos cuenta Daniel. Los árboles del pueblo son fieles testigos de lo relatado: los paraísos de la plaza principal están sentidos, tienen sus tallos despellejados y sus hojas enfermas. 

Mis compañeres se suben de nuevo al auto para emprender cuarenta minutos de viaje hasta el campo de Ramona, pero yo elijo ir con Daniel en la ford F100 modelo 72 de su organización. Las chatas viejas y de campo siempre me atrajeron. Antes de emprender viaje hasta allá, pasamos a buscar un flan para la abuelita, le encantan las cosas dulces. 

Con el sol bajando energía y luz a más no poder, habitamos el pueblo con sus calles de tierra, casitas pequeñas y humildes, niñes andando en bici y adultes tomando mate en la vereda. La localidad es una isla entre la mar de soja y maíz que cerca a todas las viviendas. 

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Orlando Orellano, hijo de Ramona

“Para los empresarios, el pueblo y sus habitantes somos un estorbo, cada vez nos cercan más. Han desmontado todo el bosque nativo que había alrededor. Nos quieren hacer desaparecer porque no le servimos a su forma de producir. Acá hace falta que la militancia de la ciudad venga a poner el cuerpo. Está toda amontonada allá en la ciudad pero es acá donde también tenemos que revertir las lógicas capitalistas y resistir la total destrucción del modelo agroecológico, algo que la Ramona sabe muy bien” me cuenta Daniel mientras hace una gran fuerza sobre el volante para doblar en dirección al paraje “Las Maravillas”. 

Ramona viene resistiendo hace veinte años los embates violentos de los empresarios agropecuarios Edgardo y Juan Carlos Scaramuzza. Han intentado de todo para quedarse con las hectáreas de Ramona y su hijo Orlando. Hace unos años atrás le demolieron la casa y se la tiraron al pozo de agua para inutilizarlo. Pese a ello, Ramona se quedó a vivir y resistir en un ranchito que levantó con nailon y palos. 

Junto al Movimiento Campesino de Córdoba y otras organizaciones fueron juntando fuerzas para resistir los embates judiciales de esa institución que se hace llamar “justicia” pero solo se dedica a legitimar la violencia colonial que despoja de derechos y vida dignas a les campesines y pueblos originarios, mientras al gringaje y las multinacionales le otorga vía libre para hacer de la tierra y sus habitantes, lo que el capitalismo demande.

El camino hasta el campo de les Orellano repite el mismo paisaje de la ruta. Soja, maíz, soja. Los gringos solo dejaron algunos árboles nativos para usarlos como una especie de alambrado natural que bordea algunas partes de sus campos. Un cartel con la consigna “Ramona no se va” nos indica que nuestro destino se acerca. Sucede que la abuelita debe afrontar un nuevo pedido de desalojo habilitado por la jueza Emma del Valle Mercado (este último apellido parece coincidir con los intereses a los que responde la funcionaria).

Un toldo con banderas de distintas organizaciones nos indica que ya entramos en campo compañero. Seguimos unos metros más por un camino interno y nos bajamos antes de dar con la casita de Ramona. 

El paisaje cambia por completo una vez que se pisa el campo familiar ancestral. Hasta la tierra adquiere un marrón más amigable. Los árboles están por todos lados, y los animales no tardan en darnos la bienvenida. Orlando, el único hijo de Ramona que se quedó junto a su madre a trabajar la tierra, y el compañero Gastón del Movimiento Nacional Campesino Indígena-Vía campesina, nos reciben con un asado. Veo el humo amigo y me pongo feliz como perro con dos colas, para un estudiante como quien escribe, comer asado se ha convertido hace rato en un lujo, en un país que tiene 50 millones cabezas de ganado. 

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Conversamos del viaje con Orlando y Gastón mientras las gallinas, gallinetas y patos se acomodan debajo nuestro para rasguñar alguna comidita que se caiga a la tierra. Acá todos los animales conviven de la mejor manera: cabras, perros, gatos, chivos, ovejas, pavos, caballos, habitan el suelo que vio nacer y crecer a Ramona Orellano.

Nos metemos a un toldo levantado a cuero, naylon y palos que hacen de columnas: a la derecha, en una piecita que también funciona de cocina, se encuentra acostada Ramona. Es una abuelita petiza y delgada, sus manos y cara arrugada nos hacen ver la sabiduría de su alma, el seis de abril cumplirá 95 años. Tiene ojos grandes como los de una lechuza y recibe nuestra presencia con alegría. 

Vivi y ella ya se conocían de hace unos años atrás cuando a Ramona la premiaron desde la Facultad de Filosofía y Humanidades. Apenas la ve, con su voz suave pero segura, le pregunta: “¿Dónde está Facu? ¿Ya lo encontraron?”. Y sigue: “no sé dónde escuché que lo habían encontrado muertito ¿es verdad?”. Vivi, sabiendo que la abuelita estaba confundida, le responde: “no ramonita, al que encontraron muerto es a Facundo Astudillo Castro, otro chico desaparecido. Al Facu todavía no lo encontramos, pero ya lo vamos a hacer”

Ramona se sienta rápidamente con sorprendente agilidad y continúa la conversación: “Si mija, ya lo vamos a encontrar. Yo le rezo siempre a la Virgen de las Mercedes para que encuentren a Facundito” avisa mientras une su mano con la de Vivi.

La piecita es pequeña pero muy cómoda y amigable. Ramona tiene comida dulce que la gente le regala y ella guarda en las esquinas de la habitación. También tiene muchos hilos y lanas. “No sé cuándo voy a tejer todo esto” se dice a sí misma. Le encanta tejer, dice que aprendió sola, mirando a una vecina cuando era joven. Su abuela tejía en telar, ella en cambio se curtió a mano y también con máquina. 

El clima me es familiar, me siento como en casa. Le cuento que mis abueles también son campesines y viven en el campo, en las Sierras Comechingones de San Luis. Nos agarra las manos a ambes y no nos suelta, sentimos como nos transmite toda su energía amorosa y guerrera. La sentimos enorme, espíritu fuego, alma en resistencia.

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Veo a la abuelita y pienso en que ella representa a todes les antepasades de las personas que habitamos ahora las ciudades. Nuestres abueles, bis y tatarabueles , fueron campesines y muches originaries de estas tierras. Me duele saber que los colonizadores de ayer y de hoy, nos han cortado la raíz y por eso muches no saben con precisión de dónde vienen sus familias. De ahí el poco nexo identitario con la tierra. Nos han impuesto la argentinidad civilizadora y europea que tanto cuesta erradicar pero que hoy -por suerte- otres muches deciden problematizar e insisten con volver a los orígenes, a la identidad hecha monte, raíz, familia. 

Ramona existe porque resiste, y lo hace en su territorio originario. Su cuerpo es diminuto ante las topadoras o el monstruo de la justicia cordobesa, pero su espíritu es mucho más grande que el lucro de los mismos de siempre. “La justicia no existe” nos dice. Ni para la desaparición de un ciudadano pobre como Facu Rivera Alegre, ni para la desaparición de una forma de vida agroecológica y ancestral, la justicia tiene respuestas, solo se hace presente violencia mediante.

Gracias a la lucha, Ramona vive en su territorio, lo siente dentro, es una con su campo. Es tierra, abrazo, fueguito, mate, viento, es todo lo que la rodea. Y eso la reconforta, pero hace veinte años que no puede vivir en paz. La justicia y los empresarios decidieron que el derecho a vivir en paz es solo de ellos, no de les campesines originaries.

Ramona nos cuenta que está mal dormida, que a la noche tiene miedo, que le cuesta dormir en plena oscuridad con la inminente situación de desalojo que pesa sobre su cuerpito de adobe. A pesar de que ella diga que todas las personas son buenas, sabe que los Scaramuzza son capaces de todo.

Le regalo un saumo casero de hierbas sanadoras para curar el espacio de toda mala energía y queda chocha, lo huele con intensidad y dice que lo va a guardar detrás de la estatuilla de la virgen que tiene al lado de su cama, a la cual le teje y cambia de capa bastante seguido.

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ramona 7reducidaLa Virgen de las Mercedes

La dejamos descansar un rato y nos vamos a comer el sabroso asado de campo. Estar allí es un montón. Uno deja de lado la ciudad hecha cuerpo y relaja la misma existencia. Hay una tranquilidad única, la misma percepción del espacio y tiempo es contraria a las lógicas y velocidades capitalistas. Hay un ritmo de vida que es coherente con la ciclicidad del sol, de la luna, de las raíces, de la tierrita madre y su vida de montes y animales.

Orlando agradece nuestra visita y nos hace reír a carcajadas con sus anécdotas. Está feliz de que tanta gente le haga el aguante, pero recuerda que por muchos años estuvo peleando solo junto a su madre. Insiste y confia en que la militancia y la ciudadanía van a seguir acompañando la lucha, sabe que solo así, quizás, el Estado provincial expropie las tierras y se las dé permamentemente a elles. Mientras tanto, nada bueno se puede esperar a nivel judicial.

Va cayendo la tarde sobre el campo y vuelvo a conversar con Ramona en su habitación, le gusta mirarse en las fotos que le saco. Me pide que haga zoom para verse mejor. Le digo quién pudiera ser tan bella con 95 años y se ríe. Me siento en el piso y ella desde la cama me cuenta que toda su vida ha sido un trabajo. Su madre murió de cáncer cuando ella tenía 19 años. Crió a una media docena de hermanes. Y también a muches otres niñes. “Siempre preparé comida de más, en todos los almuerzos ponía un plato de más en la mesa porque sabía que iba a venir alguien con hambre a comer con nosotros”

Mientras me levanto para ir a picar el asado sobrante, Ramona me cuenta de su esposo, que llegaba borracho y era violento hasta que un día le puso los puntos y lo obligó dejar el alcohol. “El vino solo sirve para cuando te duele la muela, te haces buche y se te va el bicho. Después no sirve para nada mijo, al igual que el cigarrillo, sólo enferma el pecho”, me confiesa. Tiene una memoria envidiable, se acuerda de todo con excelente precisión. 

Ramona vive en otra sintonía, está desconectada totalmente del calendario y las horas. Ella dice que en su tierra nació y que de allí nunca se fue ni se irá. Viene Vivi y vuelven a agarrarse fuerte de la mano. Las madres, o más bien las mujeres, tienen una conexión especial, saben unirse desde el amor, pero sobre todo comprenderse desde el dolor común que habita sus cuerpas. Vivi le da un pin con la cara de Facu y ella pide que se lo pongan en su vestidito, justo en la parte de su corazón. “Lo vamos a encontrar, lo vamos a encontrar” rezan juntas.

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El sistema capitalista con su matriz colonial vigente tiende a hacer desaparecer a los pibes, a las mujeres, a los montes, a los alimentos sanos, a las familias campesinas pequeño productoras, a los ríos, a los minerales, a los animales, a la vida misma. La cultura de la desaparición pretende disciplinarnos para ser funcionales a sus ganancias. Quieren que desaparezca toda prueba de una vida digna y alternativa a las directrices del poder. De ahí el ensañamiento con Ramona. Hace cinco siglos nos vienen pegando abajo. Y por si fuera poco estamos sobreviviendo a una pandemia mundial fruto de la explotación y devastación a la naturaleza. 

Antes de emprender el viaje de vuelta a la selva de cemento, me miro las manos y las tengo llenas de tierra. Este es nuestro color, me digo. Somos tierra, monte, vida, comunidad. Ramona nos habla con su memoria y cuerpo, con su forma de vida y su historia ancestral territorial. Nos enseña que otro mundo es posible. Y que ese mundo, lo tenemos que buscar en nuestres antepasades, en nuestras raíces, en nuestra historia en común. La humanidad tiene fecha de vencimiento si continua a este ritmo. Seamos como Ramona, y empecemos a escribir nuestra propia historia.

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